Amor omnia vincit

Una compa nos envió este relato en el que cuenta el proceso a un compañero “brotado”, nos ha parecido escrito con mucha ternura y comprensión y por eso, pidiéndola permiso, publicamos esta entrada. Si alguien quiere contactar con la escritora del relato, que nos escriba y os ponemos en contacto con ella, quizás alguien quiera compartir con ella experiencias de acompañamientos, ya que acompañando también se sufre y sería muy bueno y útil saber acompañarnos en momentos duros. Ahí va el relato:

AMOR OMNIA VINCINT

manosarticuloAna: “David es dulce y brusco al mismo tiempo, sus dedos largos y huesudos sostienen casi siempre un cigarro. La barba de tres días le hace interesante, aunque aún tiene cara de niño. Allí dónde va siempre es admirado, una especie de líder en la sombra. Aunque se lleva bien con todo el mundo, acostumbra a rehuir de los grupos de gente numerosos. Siempre se ha movido en un círculo reducido, y desde la depresión aún más. Yo, con mayor o menor asiduidad, formaba parte de ese grupo de amigos desde hacía años. Siempre me ha serenado tenerlo cerca, porque es básicamente simple. Y no lo digo por validar el tópico varonil, lo digo porque desenreda los nudos de la inquietud. Supongo que por eso durante sus períodos intermitentes en Barcelona habíamos forjado algo especial. Siempre era yo la que acudía a él para calmar mis miedos, para huir de esa realidad que a veces se nos hace insoportable. Todos estamos trastornados. Y más en esta sociedad acelerada, de la ambición y las vidas perfectas. Yo muchas veces me sentía culpable. Pensaba que lo que le pasaba a David era por mi culpa, porque podía identificar en él síntomas que a veces yo había vivido. De hecho, sabía que muchas de sus nuevas preguntas las había generado yo. El problema es que él las llevaba a un extremo que era insoportable de verdad. Jamás volveré a decir eso de estoy deprimida. Nadie sabe nada de la depresión. Nada. Ni siquiera yo. Y le pasó a él, a él que era un optimista incorregible. Práctico y duro, su mente empezó a ir a más revoluciones de las que podía soportar.

Desde la depresión de David a Ana la Salud Mental le apasiona y le perturba por igual. Hay tantos síntomas que aún le sorprenden, tantas cosas que no logra comprender, tantas preguntas que no puede responder. Cuando te duele una parte del cuerpo te avisa el cerebro, es fácil, una circunstancia concreta, un análisis, una medicación o, si la cosa se complica, una operación. Pero ¿qué pasa cuando lo que te duele es el propio cerebro? Los problemas de salud mental son problemas del alma, de los sentimientos, emociones y pensamientos. Incluso de la filosofía, de la relación de uno mismo con el mundo y con los otros. Las historias de locos son historias comunes, historias ante las que uno se siente desprotegido porque pueden acechar a cualquiera, porque todos nos reconocemos en ellas. El muro que hemos levantado contra los locos, ese que los señala y estigmatiza, se desvanece cuando les miras a los ojos. No conocemos nuestra mente, no sabemos cómo gestionarla y nuestra cultura no está preparada para moverse con sentimientos y emociones. La salud mental no es una cosa tan extraña, es cuando lo que nos oprime produce una explosión tan fuerte que se cierra todo tipo de contacto con los otros y su realidad. ¿Quién puede sostener en la actual sociedad occidental que nunca se ha acercado a ese cataclismo?

Después de unos días de vacaciones en Barcelona David regresaba a Bruselas. No recuerda nada fuera de lo normal: el tren del aeropuerto que lo llevaba a las afueras de la ciudad; el paseo entre flores amarillas que separaba la estación del campus de ingeniería, el edifico H, el salón común y su habitación, la H010. Fue allí donde empezó todo. Las mismas cuatro paredes que durante dos años habían sido su cobijo, aquél día le atraparon. Sin poner ningún sentido en ello, deshizo la maleta. Mientras perdía facultades para dejar las cosas en su sitio invadieron su mente preguntas sin sentido, pensamientos que poco a poco se fueron apoderando de él. Liaba costosamente un cigarro tras otro. Bebía agua, mucha agua. Y daba vueltas sobre sí mismo. Fumaba y bebía. Y de repente llegaron los demás. Oía sus voces en el salón, cada susurro, cada grito y cada carcajada eran un calambre en la cabeza. Quería salir, saludarles, abrazarles, como siempre. Pero se sentía incapaz, le aterraba salir de la habitación. No podía. ¿Qué le estaba pasando? Esa pregunta dominó todo su ser y lo inmovilizó. Literalmente. Podía sentir cada músculo de su cuerpo contrayéndose. Él, que era metódico y racional, no entendía nada. Y esa era su obsesión. Esa y las ideas danzando sin ton ni son por su cabeza. Solo podía fumar, beber y dar vueltas sobre sí mismo. Y sentirse cobarde, mentiroso, culpable y, sobre todo, descontrolado. Beber y fumar. Sólo beber y fumar. Perdió la noción del tiempo, pero hubo un momento en el que no pudo más y llamó a su padre. Le contó que no podía salir de la habitación y él lo intentó tranquilizar, pero ya era tarde, David estaba fuera de sí. Al rato le llamó el doctor de la familia, y le animó a salir incidiendo en que era un tío social y otras cosas que él no lograba escuchar. No, no y no. Es lo único que articulaba a decir. Después de la llamada del médico, pasó un buen rato colgado al teléfono con sus padres. Él dándole instrucciones para coger un avión de vuelta y ella, más nerviosa, diciéndole qué debía meter en la maleta. Era incapaz de hacer absolutamente nada por sí mismo. Al final salió de allí. Perdido y desubicado llegó al aeropuerto. A los ojos de los cuerdos era un completo chalado. Daba vueltas sobre él mismo, una tras otra. Todo el tiempo. Todo el tiempo hasta que subió al avión y las alturas le durmieron.

Anna: – Yo llevaba tres días sin saber nada de él. No contestaba a los mensajes, pero la alarma no era suficiente para llamarle al teléfono de Bruselas y desembolsar un euro el minuto. No era excesivamente extraño que despareciese del mundo y más después de unos días de compromisos sociales en Barcelona. A él le gusta decir que es solitario pero, más que eso, es soberano de su tiempo y tiene la virtud de hacer lo que le place sin molestar a nadie. Soy una persona intuitiva, pero aquello no lo intuí, y mira que hubo señales. Recuerdo un día en el que estábamos en el coche, nos esperaban unos amigos y llegábamos tarde. Era habitual, siempre éramos los últimos y no nos solía preocupar. Sin embargo, aquella vez él estaba intranquilo, nervioso, inquieto, agobiado. Le dije que gritase y gritamos durante un rato. Luego él no podía dejar de mover la pierna y decir que tenía mucho pis, como un niño pequeño. Me asusté un poco, estaba descontrolado y era él quien conducía, así que le obligué a parar. Viéndolo con perspectiva, también estaba raro cuando nos despedimos tres días antes. No le preocupaba no verme en unos meses, daba vueltas a cosas sin demasiado sentido. Me preguntó si creía que él era buena persona y tenía personalidad. Le dije que sí, que mucha, y enumeré todas sus cualidades. Para los expertos puede ser una sintomatología muy evidente, pero yo no me enteré de nada. Tampoco imaginé que la no-respuesta a los mensajes estuviese estrechamente vinculada a aquellos hechos.

Estaba estudiando cuando sonó el móvil, era poco antes de cenar. Lo tenía cargándose en la mesita de noche opuesta al escritorio, así que salté a la cama y lo miré. Era el teléfono de su casa. Estaba en Barcelona. Esa imagen yace inquebrantable en mi memoria, sin embargo, no soy capaz de recordar las palabras exactas de la conversación. Fuera como fuera, me explicó que estaba mal y que había vuelto porque tenía ansiedad. No sé si se lo propuse yo o me lo pidió él, pero quedamos en que iba a verlo a su casa. Me vestí y salí disparada. No sé muy bien que me pasaba por la cabeza, pero tengo que reconocer que estaba entre confundida y excitada por la idea de volverlo a ver. No voy a negar que para mi hubo algo positivo en todo aquello, me necesitaba, quería que yo fuese su abrigo y se iba a dejar querer. Entré en su casa. Estaba sentado en el sofá, alrededor de sus padres. Los besé primero a ellos, y luego él me miró con los ojos llorosos. Me rendí a su mirada. A aquellas primeras lágrimas, les siguieron muchas más. Entre todos hablamos por encima de lo que le había dicho el psiquiatra. Tenía depresión con ansiedad, que era algo así como que se había reducido la serotonina en sangre y que le llegaba menos al cerebro. Con Vandral iba a notar pronto la mejoría. Las palabras de sus padres eran tranquilas y seguras, razonaban todas las preguntas que él tenía por estúpidas que parecieran. Comprendí que yo también debía adoptar ese papel. Casi siempre lo conseguía, aunque perdí la calma en más de una ocasión. Como todos.

Nos fuimos a hablar a la habitación. Él se quedó sentado en el borde de la cama, con la espalda arqueada y los ojos perdidos, aún llorosos. Es alto y enérgico, pero aquello que le pasaba —no estaba muy segura del que—lo había absorbido por completo. Cada segundo lo empequeñecía y debilitaba. Me senté a su lado y nos abrazamos. Me miró y me preguntó:— ¿qué me pasa Ana?” Le dije algo para romper el hielo y hacerlo reír: “— nos hemos cambiado, ahora el rallado eres tú.” No dibujó una sonrisa, no movió ni la comisura de los labios. Nada. Silencio. Empecé a hacerle un masaje suave, con más delicadeza que nunca. Esperaba calmar su mente que intuía a más quilómetros que nunca de mí, y eso ya era decir. Yo no sé que le pasaba por la cabeza, pero era una marioneta, se tambaleaba a mi ritmo, no me miraba ni se inmutaba, estaba perdido. Me agaché delante suyo para quedar a su misma altura y le acaricié suavemente el rostro. Entonces decidió hablar: —No sé querer a la gente”. No me importó, no me hizo daño. Supe que aquél no era momento para salir corriendo. Y crecí: — ¿Tú crees que soy tonta David?”. “—No— contestó”. — Pues solo una tonta estaría con alguien que no la quiere”. Me miró y me dijo: — Yo sí que te quiero Ana.”

David, un chico joven, sano, atractivo, optimista, con amigos y un futuro ‘prometedor’, pasó más de 6 meses encerrado en casa con la Play Station como única tregua mental al sentimiento de culpa. Pero pasado ese tiempo retomó sus estudios en Barcelona, cerca de los suyos. Se integró en la cotidianeidad y aparcó las preguntas existenciales de su cabeza. Aunque el origen de su depresión fue multifactorial, diversas situaciones académicas que vivía con mucho estrés, presión y auto-exigencia pudieron causar el cuadro psicótico. Un año y medio después del brote, dejó la medicación. No hay nada que determine qué es lo que le hizo cambiar, pero seguramente la relación con Ana y sus padres tuvo más que ver que la medicación. No es el único caso en el que una relación basada en la confianza, el apoyo y el respeto mutuo ha logrado ralentizar la mente. Dar autonomía cuando hace falta y responder a miedos y preguntas, aceptando y normalizando la situación. Eso fue lo que a David le funcionó. La afectividad y el amor calman tempestades. A locos y cuerdos.

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