El crimen del tratamiento forzado, Leonard Roy Frank

Compartimos esta entrada que ya publicó la web hermana Primera Vocal, lo malo es que todavía nos impactan los relatos de lxs compas psiquiatrizadxs, en este caso, psiquiatrizado y por tanto, sometido a abusos por unas causas absurdas, no es que haya causa que merezca este trato, pero hay algunas razones que crean todavía más desconcierto que otras. Esta es una de ellas.

Texto facilitado por los compañeros del Proyecto Rhabdovirus. Se trata de una transcripción de una ponencia hecha en el I Encuentro Latinoamericano y V internacional de Alternativas a la Psiquiatría, realizado en la ciudad de Cuernavaca del 2 al 6 de octubre de 1981.

Parafraseando el pensamiento de Lincoln con respecto a la esclavi­tud, podemos afirmar que si el tratamiento forzado no está mal, nada lo está.

Roy Frank

Antes que nada, quiero que sepan que mi posición no es neutral ni desinteresada. Hace casi 20 años fui un interno psiquiá­trico involuntario, primero en el Hospital Mt. Zion, en San Francisco, por dos días; luego en el Hospital Estatal de Napa, en California del Norte, por aproximadamente dos meses; y, finalmente, en el Hospital Twin Pines en Belmont, pocas millas al sur de San Fran­cisco, alrededor de seis meses. En este último lugar se me adminis­traron drogas y tratamiento de choques por la fuerza. Como rechacé estos tratamientos, se obtuvo una orden judicial que autorizaba el uso forzado de las drogas y los choques. El psiquiatra que me aten­día, doctor Robert E. James, escribió a la corte para explicar mi caso y solicitar la orden.

Esta carta, la cual voy a leer, pasó a formar parte de mi expediente psiquiátrico, de 143 páginas, que logré con­seguir en el año de 1974. Algunos extractos de este expediente fueron publicados en la revista Madness Network News ese mismo año y republicados en el libro del doctor John Friedberg, Shock Treatment Is Not Good for Your Brain, en el año de 1976. Cito:

El señor Frank fue admitido en el Hospital Two Pines el día 15 de diciembre de 1962, habiendo sido transferido del Hospital Estatal de Napa, en donde había sido confinado por el Condado de San Francisco, el día 19 de octubre de 1962.

Su historia, obtenida del paciente mismo y de su padre, indica que sus dificultades emocionales comenzaron el mes de enero de 1961, cuando vivía en San Francisco y trabajaba como agente de ventas en una oficina de bienes raíces. Este trabajo duró pocos meses debido a su incapacidad de seguir las instrucciones del patrón. Posteriormente no hizo ningún es­fuerzo por obtener trabajo, se volvió preocupadizo, se replegó en sí mismo y comenzó a adoptar ideas extrañas en torno a su dieta, convirtiéndose en un vegetariano estricto. También se dejó crecer la barba, tal cual la tiene ahora.

Su familia llegó del este del país en el mes de abril de 1962, reconoció su enfermedad y lo llevó al doctor Norman Reider, un psiquiatra de San Francisco, quien sugirió que el paciente siguiera tratamiento. El paciente fue incapaz de seguir el tratamiento además de seguir una vida recluida, manteniéndose con el producto de la venta de sus posesiones y con sus ahorros.

El paciente fue admitido en el Hospital Estatal de Napa, en donde se le sometió a observación. Aunque el diagnóstico fue Reacción Esquizofrénica, no se intentó ningún tratamiento. A petición de su padre se le transfirió a Twin Pines y aquí se ha resistido a todo tipo de tratamiento, incluyendo ¡os medica­mentos orales, los tranquilizantes inyectables y el tratamiento de coma inducido con insulina.

El doctor Norman Reider y el que firma hemos revaluado al paciente y sentimos que le beneficiaría un tratamiento de choques eléctricos combinados con una terapia de insulina. Esta última fue discutida con el paciente, el cual se resistió a seguirla. No se hizo ningún intento de forzarle el tratamiento. La forma de razonar del paciente es la de un esquizofrénico, en tanto que hace comentarios infundados, tales como que siente que no se deben hacer ciertas cosas que el común de la gente hace, como llevar una dieta general o el rasurarse, por razones que sólo él conoce; no se han podido obtener mayores explicaciones en las entrevistas subsiguientes.

Es mi opinión profesional que este hombre padece una reacción esquizofrénica de tipo paranoide, crónica, severa. Le beneficiaría seguir el tratamiento adecuado para ver si se le puede ayudar en su enfermedad. Considerando los extremos a los que el paciente lleva sus ideas, es necesario hospitali­zarlo y tratarlo bajo una orden judicial, en tanto que en sus condiciones actuales es un peligro para sí mismo y para los demás.

Con base en esta carta y a los resultados de dos exámenes médicos que forman parte del diagnóstico, la Corte expidió la orden corres­pondiente el día 10 de enero y comenzó el tratamiento de choques a la mañana siguiente. Pronto comenzó la correspondencia sema­nal entre el doctor James y mi padre, quien había dado su consen­timiento. De esta correspondencia y otros documentos se ve clara­mente que había surgido un gran conflicto entre los doctores y mis padres, por un lado, y yo, por el otro. Con respecto a mi barba, ellos insistían en que me la quitara y yo me rehusaba.

Alrededor de cinco semanas después del inicio de la serie de choques, el doctor James decía a mi padre en una carta:

El rabino local, Rabino (Sanford) Rosen (de la sinagoga Beth El en San Mateo), estuvo con Leonard la semana pasada y pasó mucho tiempo discutiendo con él la remoción de su bar­ba. Sentí que era deseable que el rabino discutiera con él en tanto que Leonard parece darle un gran significado religioso a su barba. El rabino no pudo convencer a Leonard. Como ya he discutido con usted, la barba realmente complica su trata­miento ya que no podemos ver sus labios, usados como indicadores de su estado físico general y de la oxigenación durante el coma insulínico. También hace problemático alimentarlo cuando está saliendo de un coma ya que su barba estorba. Su cabello también es un problema ya que es bastante difícil apli­car y mantener la liga que sostiene los electrodos, la cual tien­de a resbalarse por su cabello grueso. No me he dado por ven­cido de tratar de convencer a Leonard que acepte que le quiten la barba y le corten el pelo, aunque sólo sea mientras dura el tratamiento. Por lo pronto no hay ningún otro cambio de importancia.

De acuerdo a mi expediente, mi resistencia a que me quitaran la barba continuó. Debo señalar que no tengo ningún otro antecedente en el cual basarme ya que mis recuerdos de lo que sucedió durante este periodo fueron destruidos por el tratamiento de choques. Apro­ximadamente dos semanas después de haber escrito esta carta, el doctor James consultó al doctor Reider. El doctor Reider, un psi­coanalista entrenado en la Clínica Menninger y ex-Director de Psi­quiatría del Hospital Mt. Zion de San Francisco, era el consejero psiquiátrico más cercano a mi padre. Su “Reporte de Consultor” dice como sigue:

Resultados: Tuve una charla muy agradable con el señor Frank. Parecía más dispuesto a discutir. Discutimos religión, filosofía y su estado actual. Por vez primera se le agotaron las respues­tas a mis preguntas. En esencia sigue tan paranoico como siempre. Por ende aún hay bastante terreno para ser pesimista, por decirlo de alguna forma.

Recomendaciones: Creo que debe continuar el tratamiento de coma insulínico y de electrochoque. Más aún, creo que debiera quitársele la barba durante uno de los comas como medio terapéutico de provocar angustia y causar un cambio en la imagen que tiene de su cuerpo. Deben hacerse consultas con respecto al problema de sus derechos civiles, aunque dudo que sea una cuestión crucial. Vale la pena hacerlo por las implicaciones terapéuticas que tiene, además siempre puede dejarse crecer la barba de nuevo.

No he visto ningún signo de alteración intelectual como resultado del tratamiento de choques.

Después de discutir las consecuencias legales de rasurarme la barba con el apoderado del hospital y un representante de la oficina del procurador de justicia local (los cuales minimizaron la posibilidad de que “pusiera una demanda por asalto y violencia”), cito la decla­ración del doctor James, en carta a mi padre:

. . .el doctor Reider siente que (el rasurarle la barba) tendría efectos terapéuticos definitivos y estoy planeando seguir esta línea en los próximos días. Hemos aumentado la frecuencia de los electrochoques esta semana a un total de cinco, o sea uno por día, ya que quiero tenerlo un poco más confundido y nu­blado durante este periodo por si le quitamos la barba, así no tendrá plena conciencia de este procedimiento ni tampoco se afligirá tanto. . .

Al evaluar el avance de Leonard hasta la fecha, creo que es importante señalar que hay un mejoramiento ligero aunque todavía tiene fantasías con respecto a su barba, su dieta y las prácticas religiosas que observaba antes del tratamiento. Espe-ramos que con la continuación de los tratamientos podamos modificar algunas de sus ¡deas para que logre una adaptación razonable a la vida.

Pocos días después el doctor James escribía en sus “órdenes del médico”:

Rasurar al paciente y cortarle el cabello.

Obsérvese cuidadosamente durante el día de hoy y la noche, por si hubiera una reacción no predecible, como inten­tos de suicidio o de fuga.

Diez días después escribía a mi padre:

Esta semana fue removida la barba de Leonard sin que se afli­giera mucho. Se le hizo ver que puede hacer lo que quiera una vez que los tratamientos hayan terminado, pero que queríamos verle sin barba por el resto de su estadía en el hospital. No se le cortó el cabello al mismo tiempo que la barba, aunque se le veía alborotado debido a lo largo. Sin embargo, el paciente mismo sugirió se le dejase ir a la peluquería a que le cortasen el cabello, lo cual fue hecho. Leonard se ve mucho mejor sin la barba y el cabello largo y no parece tener mucha dificultad en rasurarse él mismo cada día. Por lo pronto está usando una de las rasuraduras eléctricas del pabellón, aunque me pregunto si no valdría la pena que le comprásemos una para su uso-personal, como un estímulo para que se continúe rasurando diariamente.

Al día siguiente el doctor James escribió en sus “Notas de Avance”:

El paciente ha tenido 37 comas insulínicos y 31 TEC. Sus pensamientos son menos agudos y ha permitido que lo rasu­remos. Se ha cortado el cabello. Se motiva al paciente para que se rasure cada día, lo cual hace bajo vigilancia. . .

En total fueron 85 tratamientos de choques (50 de coma insulínicos y 35 terapias de electroconvulsión); mis recuerdos de la etapa de institucionalización, el año y medio precedente a grandes partes de mi vida anterior fueron destruidos. Para algunos, entre los cuales me incluyo, esta amnesia en sí es evidencia de la existencia de daño cerebral sustancial ocasionado por el tratamiento de choques, que es precisamente lo que se intenta. Como escribió un defensor del tratamiento de choques: “No debe de olvidarse que el objetivo del TCI (tratamiento de coma insulínico) es la destrucción de las células del cerebro, o sea producir una lesión cerebral controlada”.

Con respecto a la terapia de remover la barba, el resultado fue menos exitoso —desde el punto de vista de los psiquiatras— como pueden ver las barbas vuelven a crecer, el tejido cerebral no.

Claro está que se podrían hacer muchos comentarios a los extractos de mi expediente, pero quisiera concentrarme en cuatro puntos.

El primero tiene que ver con la credibilidad de los psiquiatras. Nótese la forma en que el doctor James describe mi reacción a que se me quite la barba. Le escribió a mi padre para decirle que no me había “afligido mucho”. Sin embargo, cuando ordenó que se me quitara la barba, advirtió al personal que estuviera alerta por si intentase suicidarme o fugarme. En la misma carta comenta que “Leonard. . . no parece tener mucha dificultad en rasurarse todos los días”. Sin embargo, un día después, anota en sus “Notas de Avance”: “Se motiva al paciente para que se rasure cada día, lo cual hace bajo vigilancia”.

Como si este discurso engañoso e hipócrita no bastara, hay que considerar las razones “terapéuticas” que dan los doctores James y Reider para quitarme la barba. El doctor James subraya la importancia que tiene quitarme la barba para facilitar el tratamiento de choque. El doctor Reider sólo ve este procedimiento como un “medio terapéutico para provocar ansiedad” y mejorar la “imagen” que tengo de mi cuerpo. Posteriormente el doctor James le dice a mi padre que se ha acelerado la frecuencia de los choques para ador­mecer mi conciencia y la ansiedad producida por la remoción de la barba.

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Pero para mí lo que fue dejado fuera de mi expediente es aun mucho más extraordinario que lo que fue escrito. Los psiquiatras pueden falsificar lo que hacen usando mentiras directas o encu­biertas, o bien, pueden engañar a través de la omisión. En el caso de mi expediente, creo que mi situación es más bien un caso de engaño por la omisión de hechos relevantes. Por ejemplo, en tanto que antes de la orden judicial se tomó nota del “rechazo activo y pasivo” que tuve, no se menciona en ningún lado mi resistencia a estos  procedimientos una vez iniciados. Claro que no puedo tener ninguna seguridad de la naturaleza de esta resistencia o incluso si opuse resistencia o no.

Como ya mencioné, no tengo ningún recuerdo de esta época, pero considerando mi expediente tal cual está, la actitud hacia el tratamiento que sugiere el mismo, mis actitudes actuales y casi todo lo que desde entonces he oido y leido acerca del tratamiento de choque y de drogas, parecería casi seguro que sí me resistí a los tratamientos. ¿Por qué? Quizás porque no quería que se entro­metiesen con mi cerebro y porque no quería sufrir la humillación y el dolor asociados con estos procedimientos. En un libro de texto sobre el electrochoque, un paciente compara al médico que le forzaba a seguir un tratamiento de coma (insulínico) con alguien que le arranca las alas a una mosca. Otro paciente dijo: “le clavaron a la cruz como a Jesús tan pronto como perdió el conocimiento”.

El primer recuerdo que tengo del periodo que siguió al trata­miento de choques fue cuando salía del último coma. Estaba su­dando profusamente, una sensación de malestar invadía todo mi cuerpo, el dolor causado por el hambre no tenía nada que ver con nada que haya sentido antes ni después. Pasar de un estado cons­ciente a otro inconsciente y viceversa me causaba terror, y me hallé tratando desesperadamente de respirar para aliviar la sensación de sofocamiento. Pocos días después, estaba sentado en una sala con­tigua a la sección de tratamiento del hospital. La puerta gruesa que separaba ambas secciones estaba entreabierta. Era mediodía y uno de los internos estaba en la fase hiperglicémica (o de pre-coma) del tratamiento insulínico. De repente, oí un grito penetrante, más parecido a un chillido agudo, proveniente de la sección de trata­miento. El técnico cerró la puerta rápidamente; aún así, los gritos no fueron ahogados por completo. He olvidado mis propios gritos, pero los de este compañero interno todavía me acompañan. De mi expediente psiquiátrico no se puede deducir nada del horror y la brutalidad del tratamiento de choque ni de mi resistencia a él.

Se puede argüir que es injusto generalizar acerca de la credi­bilidad de los psiquiatras en base a la experiencia propia de unos cuantos de ellos. Sin embargo, quiero decir que no se trata de solamente mi propia experiencia. Por casi diez años he participado en el movimiento de liberación de los internos psiquiátricos; durante este periodo he hablado con cientos de ex-pacientes, los cuales com­parten mi opinión acerca de la deshonestidad de la mayoría de los psiquiatras. Mi opinión es confirmada también por un estudio ex­tenso de la literatura profesional acerca del tratamiento de choque y otros tratamientos psiquiátricos, que dirigí al preparar mi libro The History of Shock Treatment (La historia del tratamiento de choques). Con sus raras excepciones, los psiquiatras no reportan lo que han visto sucederle a la gente que se somete a sus tratamien­tos. Tampoco discuten la experiencia subjetiva de los tratamientos que imponen a los sujetos psiquiátricos o que les administran sin su consentimiento informado.

Esto tiene sus razones obvias: no quieren atestiguar en contra de si mismos.

El segundo punto de los cuatro que quiero hacer al comentar mi expediente se refiere a los valores humanos. Los psiquiatras pretenden aparecer como clínicos y científicos, cuya función principal es el cuidado y el tratamiento a quienes ellos definen como “en­fermos mentales”. Pretenden hacer creer que la enfermedad mental es una enfermedad como cualquier otra. Pero nunca lo han podido demostrar. Como afirma el doctor Thomas Szasz:

La palabra enfermedad quiere decir enfermedad corporal. . . una perturbación de la función o de la estructura de un órgano del cuerpo. La mente, sea lo que sea, no es un ór­gano o parte del cuerpo. Por tanto no puede enfermar de la misma manera que el cuerpo. Al hablar de una enfermedad mental se está usando una metáfora. Decir que la mente de alguien está enferma es como hablar de una economía en­ferma o de un chiste enfermizo. Cuando se confunde una metáfora con la realidad y luego se le usa socialmente esta­mos frente a la creación de un mito.

A continuación mi definición de la enfermedad mental:

La enfermedad mental es una etiqueta peyorativa usada para justificar el control social sobre ciertos individuos seleccio­nados, a través de la intervención psiquiátrica involuntaria. Los afectados son aquellas personas problematizadas o problemáticas que no han violado las leyes y, por tanto, no pueden ser procesadas como criminales ni encarceladas, pero cuyas ideas y accionar, valores y estilos de vida ame­nazan las relaciones de poder institucionalizadas dentro de la familia, la comunidad o la sociedad en general.

Volviendo a mi expediente. El doctor James hace un juicio de valor acerca de mis “ideas en torno a (mi) barba, dieta y prácticas reli­giosas”. El calificar estas ideas como “fantasías” es un intento por hacer pasar un juicio de valor por un juicio de orden clínico. Este hecho le da razones para someterme al tratamiento forzado, cuyo objetivo, por él mismo reconocido en la carta, era “modificar algunas de estas ideas para que pueda adaptarse a la vida”.

Mi barba, dieta, creencias religiosas y no-conformismo en general, son una amenaza para el status quo de la familia. Son considerados signos de mi rompimiento con el control de mis padres. Al tener la balanza de poder a su favor, mis padres acudieron a la psiquiatría institucional, a través de la cual pudieran restablecer su autoridad sobre mí, aunque fuera temporalmente. Su éxito era medido, como dice el doctor James de forma tan sencilla en su carta, según el grado en que los tratamientos me posibilitasen a “adaptar(me) de forma razonable a la vida”.

Las ideas que los tratamientos debían modificar también eran una amenaza, aunque menor, al status quo social. Pocos años des­pués, a mediados de la década de los años sesenta, las ideas y estilos de vida no convencionales surgieron entre la generación joven para desgracia de la generación de los más viejos, quienes interpretaron esta tendencia como un repudio a sus valores y como una real amenaza a sus intereses.

Para resumir, mi opinión es que el sujeto de la psiquiatría es los valores y el control y no la enfermedad y el tratamiento. La psiquiatría es política y religión a la vez, enmascarada como si fuera medicina y ciencia.

El tercer punto se refiere a los tratamientos psiquiátricos ac­tuales y a la forma en que son utilizados. Aunque hoy en día no se usan tanto los tratamientos que causan daño al cerebro consisten­tes en la combinación de tratamientos de insulina con electroconvulsivos (como los que se me impusieron en 1963), todavía se usan tratamientos que sí dañan el cerebro. La Asociación Psiquiátrica Americana estima que se someten a 100 000 americanos a trata­mientos electroconvulsivos cada año. De 500 a 1000 norteameri­canos más son sometidos a psicocirugía cada año, lo cual representa una caída considerable con respecto a las 2000 lobotomías aproxi­madas que se hicieron por año en el periodo de auge (la década de los años cuarenta). El ejemplo más flagrante de tratamientos que dañan el cerebro en la psiquiatría actual son las drogas psicoactivas. Se estima que se administran drogas neolépticas a entre dos y tres millones de norteamericanos, dentro y fuera de las insti­tuciones. Mejor conocidas como tranquilizantes mayores (como ejemplos baste mencionar Thorazine, Stelazine, Haldol y Prolixin); estas drogas deberían ser llamadas depresivos mayores, ya que este nombre describe mucho mejor los efectos principales. Estos efectos consisten en deprimir el sistema nervioso central y hacer que el sujeto se sienta deprimido.

Sería imposible darse cuenta de lo que estas drogas realmente son si sólo se escucha hablar de ellas a los psiquiatras o si se leen sus libros de texto y sus revistas. He hablado con mucha gente que ha padecido a causa de estas drogas y también leído sus descrip­ciones. Pero en vez de leerles una, la objetividad de la cual pudiera ser cuestionada, me gustaría leer una cita de una carta que recibi­mos en BACAP (el Comité de Alternativas a la Psiquiatría de Bay Área en San Francisco). La mujer que escribe la carta acababa de visitar a su hermana de 26 años internada en un hospital del Estado en Washington, la cual se quejaba de los neurolépticos que le for­zaban a tomar.

Debbie se encuentra en un mal estado. Casi parece zombi. Tiene plena conciencia de si misma, aunque le es difícil funcionar físicamente. Puede hacer las funciones necesarias (como comer e ir al baño), pero hace todo muy lento. Da pequeños pasos al caminar y arrastra los pies, seguido se pasea de un lugar a otro. Mantiene los brazos ligeramente elevados y su boca abierta. No puede decir más de una o dos palabras a la vez. Ayer, cuando la fuimos a ver, pudo por primera vez sentarse en un sofá con nosotros por bas­tante tiempo (usualmente tiene que levantarse para pasear), aunque se quedó dormida dos veces como si estuviera dro­gada. .. El hospital mental del Estado parece muy orientado hacia las drogas, por lo que lo más probable es que se le esté droqando. ¿Qué podemos hacer para ayudarle? Nues­tra familia está muy afligida por Debbie y pedimos ayuda y orientación. Realmente la necesitamos.

Así pueden ser los efectos a corto plazo de los neurolépticos. Pero, ¿qué sucede con los daños al cerebro a los que hice alusión antes? Es bien conocida la afición de la psiquiatría a inventar enfermedades tales como el desorden de la atención, la personalidad desordenada esquizotípica, el desorden mental orgánico cafeínico, por nombrar sólo las más recientes. Las enfermedades reales que produce la psiquiatría son menos conocidas. Una de estas enfermedades de la cual se habla más hoy en día es la disquinesia tardía (DT), la cual es causada por las drogas neurolépticas y se caracteriza por los movimientos rítmicos, involuntarios y fuera de control, en particular de la mandíbula, la boca y la lengua (por ejemplo, movimientos de mascar, inflar los cachetes, impulsar los labios hacia adelante como un beso, agitar la lengua), aunque también afecta los brazos y las piernas. Esta condición es normalmente incurable y hay estu­dios que muestran que prevalece entre aquellos que usan las drogas neurolépticas (de un 4 a 56%). La presencia de la DT muestra que sí existen daños al cerebro y otros daños neurológicos que incluso pueden ser permanentes.

Lo que he estado tratando de hacer es establecer el hecho de que los tratamientos somáticos de la psiquiatría producen daño al cerebro. No estoy solo en esta contienda ni tampoco es una idea exclusivamente mía. En un artículo sobre la Thorizine, publicado en 1955, el psiquiatra Heinz Lehmann —un abierto precursor de los neurolépticos— describía estas drogas como un “sustituto farma­cológico a la lobotomía”.

Pero es el doctor Peter Roger Breggin, también psiquíatra, quien ha escrito de forma más definitiva sobre el control psiquiá­trico a través de la inutilización del cerebro. En un artículo titulado “Terapias de Inutilización del Cerebro”, publicado el año pasado en el libro La Psicocirugía: un debate, editado por Elliot S. Valens-tein, el doctor Breggin escribió:

. . Las terapias somáticas producen daño v disfunción al cerebro v asi comprometen la soberanía personal v la líber­tad personal del individuo. Este efecto no es accidental, tam­poco secundario. Es el efecto específico del tratamiento.

¿Para qué le sirve al psiquiatra reducir la soberanía per­sonal y la libertad personal del paciente? No es difícil encon­trar la respuesta: el psiquiatra o el psicocirujano, gana con­trol sobre el paciente. De forma más específica, el psiquiatra o psicocirujano pueden hacer a la persona menos proble­mática para sí misma y para los demás, al hacerle más difícil pensar, sentir, escoger y actuar. . .

Cada una de las principales terapias somáticas surgió como parte de los esfuerzos del psiquiatra por controlar la cantidad masiva de internos bajo su cargo y, de ser posible, hacerlos lo suficientemente maleables para hacer trabajo útil en el hospital o para transferirlos a la comunidad. La psicocirugia, la TEC y los tranquilizantes mayores compar­ten el mismo origen con la mayoría de las intervenciones psiquiátricas a lo largo del tiempo —desde la castración y el linchamiento, hasta el envenenamiento con arsénico y la sumersión forzada en tinas de baño. El poder de las nuevas intervenciones deriva de su asalto directo al cerebro en vez del cuerpo y, en particular, de su capacidad de domesticar a los pacientes sin matarlos demasiado seguido.

“Sin matarlos demasiado seguido” —cabe el sarcasmo—, pero el hecho es que mucha gente ha muerto y continúa muriendo por los tratamientos somáticos, a pesar de que los psiquiatras dicen estar velando por su seguridad. En vez de detenerse en este tema, voy a citar un artículo que deja entrever la escala en que ocurren estas muertes hoy en día.

El número del mes de enero de 1981 de la revista Institutions, Etc. entregó un informe de una investigación llevada a cabo en nueve hospitales de Texas que muestra que durante 1980, 15 pacientes murieron “al ahogarse con la comida o su propio vómito mientras estaban bajo fuertes dosis de drogas psicotrópicas”. Para mayor información, quisiera llamar su atención a la extensa reseña de la literatura sobre las muertes causadas por las drogas psiquiátricas hecha por el doctor David L. Richman, bajo el seudónimo de doctor Caligari, en las noticias de BACAP del mes de junio.

El último punto que quisiera discutir en mi ponencia se refiere al asunto de la legalidad. Lo que me sucedió en 1963 —el encarce­lamiento y el tratamiento forzado— es legal. Tanto mis padres como los psiquiatras llenaron todos los requisitos legales. Con sus raras excepciones, no hay lugar alguno en los Estados Unidos que tenga las garantías sustantivas que entonces tenían los candidatos al tratamiento psiquiátrico en California. En otras palabras, las obje­ciones de los candidatos al tratamiento pueden ser legalmente anuladas por los psiquiatras en cada caso, exceptuando la psico­cirugia en California (y uno o dos estados más), en donde está esta­tuido el derecho absoluto de rechazar este procedimiento.

En algunos de los estados supuestamente progresistas, como California, quien se rehusa a recibir tratamiento psiquiátrico puede ser considerado incapaz de dar su consentimiento, para luego serle aplicados choques eléctricos a la fuerza con un consentimiento sus­tituto obtenido en su nombre. Casi no existe protección alguna para los candidatos al tratamiento de drogas. El caso de Rogers vs Okin, que se encuentra actualmente’ ante la Suprema Corte, de obtener un fallo favorable (lo cual es poco probable) cambiaría esta situación muy poco.

Como si no tuvieran suficiente poder sobre las personas eti­quetadas como enfermos mentales, los psiquíatras andan tras de más poder. Se han estado forjando en esta área en los últimos años, en lo que pudiera describirse como una revuelta de los opresores contra los oprimidos. Un ejemplo de esto es el fallo reciente de la corte de Utah, la cual argüía que bajo las leyes civiles reformadas los pacientes no tienen el derecho constitucional de oponer las deci­siones tomadas por los psiquiatras sobre el curso del tratamiento a través de una audiencia procesal. Los demandantes eran todos pacientes confinados involuntariamente sometidos a drogas neuro­lépticas. En representación de la corte, Aldon J. Anderson, juez de distrito, escribió:

La corte considera que una vez que le han sido otorgadas a una persona todas las salvaguardias procesales, incluidas en los estatutos reformados, y se han hecho los fallos reque­ridos (incluyendo uno de incompetencia para consentir al tratamiento), el juicio del médico a cargo del tratamiento (sin la concurrencia de ningún otro) de acuerdo a los niveles médicos aceptados, es un factor de la mayor importancia con mucho mayor peso que cualquier otro derecho del pa­ciente en la determinación de fallos de naturaleza similar o igual de acuerdo a las leyes… Tal proceso no sólo seria demasiado impráctico y llevaría mucho tiempo, sino que sería muy costoso para el estado emplear personal extra para el proceso y hacer funcionar el proceso; en muchos casos incluso iría contra los intereses de los pacientes.

La tendencia actual es realmente deplorable. La visión del pasado con respecto al tratamiento forzado parece destinado a ser la acti­tud del futuro, a menos que haya un cambio drástico en la actitud del público.

Debe hacerse un llamado al sentido común de la gente y, lo que es más importante, a su sentido moral. El hecho de que un acto específico sea legal no lo hace correcto. La legalidad no trae consigo la moralidad. Recordemos que en los tiempos de la Inqui­sición era legal quemar brujas en las estacas, y que pocos años atrás era legal gasear a los judíos y demás no-arios en la Alemania nazi. En el mismo periodo en Alemania misma, también era legal Rasear, hambrear, drogar y hasta golpear a muerte a 270 000 “pa­cientes mentales”, en su mayoría arios. La diferencia radicaba en que las matanzas tomaban lugar en los hospitales del Estado en vez de los campos de concentración y en que los asesinos eran psiquiatras y no guardias del SS.

Hoy en día, reconocemos estos crímenes legales por lo que fueron. Habrá un día en el futuro —si es que llega a haber un futuro en el cual la gente aún pueda ejercer sus capacidades mora­les— en que se reconozcan todos los crímenes legales de la psi­quiatría por lo que realmente son.

Con el crecimiento de las tensiones sociales, se intensifica la lucha por la existencia y por un lugar bajo el sol. De diferentes maneras, hay individuos que se salen de la raya o se caen fuera de ella, y así causan la hostilidad de los más poderosos. Los trata­mientos somáticos de la psiquiatría son métodos de tortura y castigo usados para forzar a la gente a que se alinee o bien para quebrarlos en el intento.

Sin embargo, los efectos de la psiquiatría no sólo afectan a los que están directamente sometidos a su fuerza destructiva. Es de igual importancia el efecto de intimidación que tienen sobre prácti­camente la totalidad de la población adulta.

La respuesta está en la libertad y hasta que no la tengamos no tendremos descanso alguno, como tampoco dejaremos descansar a los tiranos de camisa color café bajo sus batas blancas.

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