Las redes de la psicología “Análisis sociológico de los códigos médico-psicológicos”

 

 

Habiendo leído este libro y aprendido bastante sobre él,  hacer una reseña del libro es tarea difícil,  quizás lo mejor es publicar la presentación del mismo, pues en sí misma es una reseña muy buena. Así pues, aquí la tenéis.

Las redes de la psicología “Análisis sociológico de los códigos médico-psicológicos”
Julia Varela y Fernando Alvarez-Uría.
Ediciones Libertarias. Año 1994.

PRESENTACIÓN.

El presente libro – en el que junto con trabajos hasta ahora inéditos retomamos algunos otros ya publicados – intenta contribuir a explicar el hecho de que vivamos hoy cada vez más inmersos en el narcisismo. En la actualidad existen numerosas teorías y técnicas psicológicas, y los psicólogos se han convertido en expertos polivalentes que seleccionan a los trabajadores, realizan perfiles profesionales, definen personalidades, miden inteligencias, actúan como consejeros pedagógicos, asesores conyugales, diagnosticadores de deficiencias, terapeutas sexuales, animadores de grupo…

librolasredesdelapsicología

No se trata sin embargo de convertir a estos especialistas en los principales responsables de la
inflación del psicologismo ya que el incremento de la demanda de estos técnicos responde a las
leyes de un mercado regido por la emergencia de nuevas formas de sociabilidad. El consumo de la cultura pisco lógica, al igual que la psicología misma, encuentran su razón de ser en específicas transformaciones socio-históricas. Consideramos que el análisis de las condiciones sociales que hicieron posible la emergencia de los códigos médicos-psicológicos pueden contribuir no sólo a delimitar las funciones sociales que estos prácticos desempeñan, sino también ayudar a entender mejor algunas de las características de nuestro presente.
El auge de la psicología -que no cesa de incrementarse desde la Segunda Guerra Mundial- hunde sus raíces en un lento y complejo proceso de individualización que caracteriza a las modernas sociedades occidentales. Max Weber, Emilie Durkheim y Norbert Elias, entre otros, han estudiado con detenimiento algunas de sus dimensiones más relevantes. Para Weber, por ejemplo, la fragmentación de la vieja sociabilidad está íntimamente relacionada con la formación de los Estados modernos y con la aparición de la burocracia administrativa que supuso la puesta en práctica de nuevas técnicas de selección destinadas a evaluar supuestas capacidades individuales. Este cambio social está también íntimamente ligado al triunfo de la ética calvinista que, con su angustioso planteamiento de la salvación individual, deja al hombre solo al margen de cultos comunitarios.

Emilie Durkheim, por su parte, vió en la creciente división social del trabajo, así como en la
secularización de muchos ámbitos de la vida pública, la raíz de un proceso de especialización y de individualización cada vez mas intenso. Norbert Elías complementó estas explicaciones al centrar sus análisis en las nuevas formas de sociabilidad que se impusieron lentamente, empezando por la cúspide de la pirámide social, a partir de la reorganización de la sociedad operada en el siglo XVI. A través del aprendizaje de las buenas maneras, de la civilidad, se moldearon los comportamientos de los sujetos en una carrera de distinción individual y de dominio social.
Este proceso de individualización adquirirá sus perfiles más nítidos en el siglo XIX con el triunfo
de la burguesía. Sus efectos no sólo se dejarán sentir a lo largo del tiempo, sino que además se
incardinarán en el espacio. Con el poder burgués se impone la tendencia a la formación de espacios privados, separados de la vida pública. Triunfa la familia monogámica, emerge el sentimiento de intimidad y pudor, se reestructura el espacio doméstico en función de estos nuevos valores, se funcionaliza el hogar- los miembros de la familia conyugal ocuparán estancias diferenciadas en consonancia con sus posiciones y funciones-, pero también se reestructura el espacio social, especialmente el urbano, y se crean zonas delimitadas, barrios separados, en los que viven grupos sociales con peculiares formas de vida.

Las condiciones que hicieron posible la emergencia de la psicología son pues de carácter
sociopolítico, pero estas condiciones no explican por sí solas la formación de este campo de saber y de poder: es preciso tener en cuenta la formación de la episteme del siglo XIX, que con sus leyes internas, rige el destino de las nacientes ciencias humanas. Si el hombre es una invención reciente, en el ámbito del saber, como ha mostrado Michel Foucault, más lo es aún el concepto del individuo.
Y en la medida en que las innovaciones terminológicas reenvían a transformaciones sociales
profundas la noción del individuo indica que sólo en el siglo XIX ha podido fraguarse una inédita
concepción de la sociedad en tanto que suma de individuos. Visión simplista, se dirá hoy -a pesar de que continúan existiendo “sociólogos universitarios” que siguen considerando al individuo como la base de la estructura social-, pero no por ella menos interesada y unilateral ya que sirve para legitimar “científicamente” una concepción de lo social políticamente rentable: las interacciones entre los sujetos, sus raíces, su pertenencia a un grupo social, su posición social, los conflictos existentes entre grupos y clases deberán pasar a un segundo plano a fin de que se imponga la creencia de que cada uno es el único responsable de sí mismo, de su valor, de su posición, de sus éxitos y sus fracasos: éstos no provienen ya ni de la sangre ni del patrimonio social y cultural sino exclusivamente de los méritos individuales.

Esta “filosofía” del hombre y la sociedad, que a su vez refleja y refuerza las remodelaciones que
se han institucionalizado en el siglo XIX, sigue aún pujante pese a que ya Marx mostró sus
funciones políticas e ideológicas. “El hombre es el conjunto de las relaciones sociales”. Olvidarlo supone recaer en una metafísica de la esencia humana heredera de la metafísica escolástica.
La psicología comienza su despegue a comienzos de este siglo justo cuando se ha implantado el
Estado interventor y cuando tiene lugar lo que Jacques Donzelot ha denominado “la invención de lo social”. Frente al liberalismo puro y frente a las aspiraciones comunistas una burocratización férrea orquestará las nuevas formas de dominación ya que a partir de entonces no se trata tanto de reprimir a las masas cuanto de asistirlas, protegerlas y orientarlas, estrategia de control social que, dicho brevemente, se oculta tras el rótulo de la política de seguridad social. Pero será sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial cuando se instaure en las democracias burguesas el modelo keynesiano que sirve de base de Welfare State. Fue entonces el momento álgido de la gran expansión de los trabajadores sociales. Sociólogos, psicólogos y asistentes sociales, entre otros, se pusieron, en los países industrializados, al servicio de ayuntamientos, empresas, institutos de investigación, gobiernos locales y del propio Estado quienes financiaron sus múltiples tareas: sondeos de opinión, socorros a domicilio, visitas a cárceles, programación de conductas, animación de grupos, definición, en fin, de programas escolares en función de pretendidas etapas universales de desarrollo…

Retornaba con nuevos bríos el viejo lema “conócete a ti mismo” que el cristianismo había
elevado a la categoría del arte al institucionalizar el examen y la dirección de conciencias.
Concretamente, en los años sesenta, cuando, como hemos señalado, determinados profesionales de las ciencias sociales se prestaban- con mayor o menor ingenuidad- a desempeñar mandatos sociales recibidos de entidades públicas y privadas, cuando reinaba un cierto optimismo democrático, pensadores como H. Marcuse, E. Goffman, M. Foucault, R. Castel, P. Bourdieu, y otros, comenzaron a elaborar herramientas destinadas a desvelar mecanismos de poder y de control social en unas sociedades que se presentaban como las mejores de las posibles. Se trataba entonces de reflexiones “marginales” -puesto que impertinentes- que abrieron nuevos campos para las ciencias sociales y que coexistieron con una etapa de esplendor de la ideología meritocrática.

En la actualidad, la cultura del narcisismo avanza por vías imperiales, florece el irracionalismo,
las metafísica del deseo, la apología de las intensidades nómadas, la presentación de la superficie como profundidad, los círculos de calidad en el sistema productivo, la búsqueda individual del éxito, la inmersión en los abismos del alma a la búsqueda individual de tesoros escondidos. No es de extrañar pues que la cultura psicológica tienda hoy a alcanzar caracteres totalitarios. Se expande un mercado de bienes psicológicos con sus especialistas, técnicas e instituciones en respuesta a una desintegración social progresiva.
La ideología de la “psicología humanista” recurre al lenguaje de la espontaneidad, de la
creatividad, de la originalidad, en suma, de la liberación. Pero conviene preguntarse, como hace
Robert Castel en su libro “La gestión de los riesgos” si, tras este aparente lenguaje de la liberación no se está produciendo en realidad un tecnicismo generalizado al que concurre también el culto a las técnicas psicológicas; y lo que es mas importante, si no existe una fuerte homología entre lo que pretenden estas corrientes del hombre “liberado” y el modelo de hombre que la sociedad capitalista post-industrial necesita: un hombre flexible, adaptable, polivalente, cambiante y, al tiempo, disponible, obediente, indefenso y solitario.

Conviene, por tanto plantearse, desde posiciones “exteriores” a la psicología, a quién sirve esta
ciencia y qué funciones sociales cumplen sus teorías y prácticas. Comprendemos la reticencia de algunos especialistas, en una sociedad neocoporativista como la nuestra, a preguntas planteadas desde la sociología y quizás de forma un tanto ruda, puesto que proceden de urgencias apasionadas.
Pero la validez de una ciencia no puede provenir de un pretendido carácter sagrado e intocable sino de argumentos que la avalen y de funciones que la legitimen. Sin duda la psicología, como la psiquiatría o la medicina, puede contribuir a resolver conflictos personales, pero siempre que no lo olvide, o deliberadamente ponga entre paréntesis, los determinantes sociales que originan tales problemas y que con frecuencia los prácticos hacen recaer sobre los individuos como si éstos constituyesen una entidad primigenia.
Para terminar querríamos señalar que la inflación de los códigos médico-psicológicos, su
incidencia cada vez mayor en las formas de vida, supone un desplazamiento o, si se prefiere, una redefinición de la política tal y como ésta ha sido tradicionalmente entendida. ¿Estamos abocados a que los asuntos públicos se vean monopolizados por políticos profesionales y a que los conflictos sean constantemente reconducido a problemas individuales gestionados por los expertos de cuerpos y almas? Sólo podemos esbozar algunas respuestas a estas preguntas en las páginas que siguen, pero pensamos que era necesario plantearlas porque a partir de ellas, queda abierta una posible vía de análisis que servirá para percibir de forma más nítida la redefinición de la vida social que está teniendo lugar en el presente.

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